Ezequiel y el Viento

Hombre y Viento. González Vega

וְיִֽחְיֽוּ׃  הָאֵ֖לֶּה בַּהֲרוּגִ֥ים  וּפְחִ֛י  הָר֔וּחַ  בֹּ֣אִי רוּחֹות֙ מֵאַרְבַּ֤ע

Ven, oh Aliento, de los cuatro vientos,

 y sopla sobre estos muertos,

para que vivan.

Ezequiel 37.9

Detente, cierzo muerto;

ven, austro, que recuerdas* los amores,

aspira por mi huerto

y corran sus olores,

y pacerá el Amado entre las flores.

Cántico Espiritual 17.

(*recordar: mover, despertar)

El profeta Ezequiel, con su mirada de oro viejo, contemplaba el ancho valle repleto de huesos calcinados, secos y polvorientos, como ramas de una higuera adormecida en un invierno perpetuo. Millones de esqueletos humanos que eran como minerales aplastados por la gravedad y consumidos por los incesantes ciclos del tiempo.

Un silencio colosal y denso sostenía aquel reino inamovible.

Mas de pronto, una brisa suave como una brizna de hierba, un latido más ligero que un copo de espuma de mar, reverberó en aquel horizonte desértico aleteando con la alegría de un jilguero en su primer vuelo. Ezequiel se dejó hundir en el seno de aquel aire que iba deslizándose en el espacio con esa purísima ternura y lentitud que llevan los primeros besos. Todo él, Hijo de Hombre, bebiéndose a sorbos la luz resplandeciente que mana de los labios desplegados del amado.

El inmenso ejército de huesos consumidos se fue alzando de sus raices de arena a medida que este Aliento de Amor con elegancia de ave los iba tocando.

Ezequiel creyó percibir en la brisa como la urdimbre de un gozo que le recordaba esa alegría limpia y desbordante de los niños y niñas que jugaban en las calles y plazoletas de Jerusalén, voces menudas que eran como gotas de lluvia repiqueteando sobre copas de plata. Y toda aquella música fue creciendo a lo largo del valle hasta llegar a transformarse en un inmenso coro triunfal que latía con el mismo vigor en el grano de arena y en la ramita de tomillo como allá en los altísimos jirones blancos de las nubes.

Los huesos ya no eran astillas sino árboles erguidos y frondosos despertados por esta súbita primavera, y cuyo ramaje florido se agitaba ahora como manos llenas de anhelo por este arroyuelo de aire con ecos de risa infantil que lo tapizada con las tonalidades de las esmeraldas y los zafiros,de los jacintos y las cornalinas…

Un bosque semejante a un ejército de soldados victoriosos blandiendo yelmos de oro y lapislázuli y espadas vibrantes de clara luz…

Familia, levantémonos ya para siempre

de este polvo tan viejo…

pues no somos huesos derrotados por el tiempo,

¡que nuestra Alma se teje con la gramática de los pájaros,

es libre y triunfal como un aroma floral,

su música es como la algarabía de los chopos

mecidos por el viento,

como un agua fresca que corre

loca de alegría

por las acequias de los mundos!

Marco Giovannucci
CRONISTA OFICIAL DEL
CENTRO FELIX GRACIA