Tercer fin de semana

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Donde se distingue al Homo Creator del Homo Faber, se revela que el Dia Sexto antecede a la completud del Sabbath, se acude al Dzogchen budista y a la Torá hebrea para enriquecer el paradigma cuántico y de como el Niño Dios se queda dormidito en la tenebrosa cuna del cerebro triuno.

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El ser humano desconoce la experiencia de crear; tan sólo puede resignarse a fabricar, a elaborar. Nuestra conducta humana no es sino la exteriorización de esa niebla constante e interminable que genera nuestra mente condicionada. Con nuestras manos de barro levantamos, una y otra vez, mundos de espejismos mientras que este Corazón de Oro líquido nos late secretamente, absolutamente oculto en el fondo.

 κενον δεαξάνειν, μδὲ ἐλαττοσθαι. (Juan 3, 30) “Es necesario que el crezca, y yo disminuya”. Este niño celestial, tan frágil como los pistilos de una azucena, alberga el polen de Dios en su silencio impaciente.

Tan lejos, tan cerca… El inicio de la Manisfestación, universal y humana, no hay que buscarla atrás en el tiempo pues sucede a cada instante. El alma, impulso de Vida, chispa de la Divinidad, no se escinde de su propia naturaleza consciente y anándica “allá arriba, antes de nacer”,  pues su “descenso” (verdaderamente se trata de un emerger) se está produciendo a cada segundo de nuestras vidas… ¡Ay! mientras no nos revistamos de una consciencia advaita, no dual (crística) tan sólo podremos alcanzar a entender todos estos procesos anímicos a un nivel intelectual (y torpemente). Los budistas intuyen que todo este drama terrestre se inicia en ese tiempo sin tiempo del bardo Chonyid, que es tan leve como un copo de nieve y tan imperceptible como ese instante en que el aire de la inspiración se curva suavemente sobre sí para volverse espiración.

Una curvatura hacia su interior, esa es la naturaleza del alma condicionada; una urdimbre de oscuras imágenes que se adentran unas en otras como en un espejo en ciclos interminables. Ipseité luciferina llama Vladimir Lossky a este replegarse de la consciencia tras rechazar el re-conocimiento de la Clara Luz de la Realidad.

Casi como sin quererlo, con una suavidad propia de los jazmines y las libélulas, se inicia el drama de la existencia humana.

Pero este viaje “descendente” del alma no es retórico ni poético. Félix señala que la separación añade una carga moral y sentimental a todo el proceso de manifestación. Se acude entonces a los textos hebreos, al Bereshit-Génesis donde se relata la Caída con la intención de explicitar los sentimientos de abandono, culpabilidad, inmerecimiento y miedo que experimenta el alma en su emerger fenoménico; nada de lo escenificado ahí ha tenido lugar jamás en la historia humana sino que así se cuenta, de manera metafórica,  simbólica, para hacernos llegar esta revelación que, de otro modo, sería imposible de transmitir. Esa sensación de horfandad nos habita y sostiene y es de una magnitud colosal.

Y así, hechizados por el juego de espejos de nuestra mente y sintiéndonos afligidos hasta en la última gota de nuestra sangre, nacemos y crecemos como partículas colapsadas de una Función de Onda Maestra a la que llamamos Dios.

Colapsados en un Sexto Día que se repite incesantemente, girando encadenados en un bucle espacio-temporal como el actor Bill Murray en la película “Atrapado en el Tiempo” (El Día de la Marmota). Todos los días despertando a la vida samsárica, en la que nada cambia, nada se renueva en su naturaleza polar; fluctuamos de un extremo a otro pero sin ir nunca más allá de sus fronteras saturninas. Un Día Sexto completamente estructurado y disciplinado en el que no tiene cabida todo ese potencial de Amor y Gloria de la que es portador El Niño Dios que viaja en el impulso de Vida-Alma, acompañando paralelamente al Niño Interior o Cuerpo de Dolor.

Y este polen de Oro con ansias de viento, esta música azulada que anhela engarzar sus notas divinas en el pentagrama del mundo, esta savia de Gracia replegada siempre en su raices celestiales, aguarda pacientemente bajo el enloquecedor juego de espejos del cuepo mental y bajos las vestiduras de agua y polvo de nuestro cuerpo. El Niño de Oro olvida su inocencia cuando queda encapsulado bajos los tres cerebros que le aguardan cuando encarna en el feto. Un cerebro reptiliano, legado de nuestros ancestros prehistóricos, diseñado para celebrar la supervivencia. Un cerebro límbico que le impulsará a establecer relaciones con el entorno y una corteza prefrontal (cortex) que le permitirá integrar experiencias y dotarle de una carga trascendental que llene de sentido su discurrir en el mundo.

El Niño Celestial, que viene con su consciencia adormecida tras beber a sorbitos en las aguas del Leteo, adopta como maestros de sabiduria a sus tristes sentimientos generados en la Caida, a la mente especular que todo lo falsea y adultera y a los tres cerebros de los que se reviste. Y con este oscuro bagaje se adentra como un pequeño Hobbit en las Tierras de Mordor, temoroso y solitario, adaptándose al territorio vital de la misma manera que lo haría el zorro y la comadraje, el erizo o el cormorán. Y este cuerpo de dolor (pequeño Elfo Gris, lo llamaba Sri Aurobindo) también pasa a habitar en las nieblas del inconsciente, junto a su hermano gemelo de piel de oro y ojos de lapislázuli. Y este inconsciente, mientras el adulto  crece, utiliza pantallas donde proyectar su sombra de aflicción con la vana esperanza de calmarla alguna vez.

Un tegumento oscuro y quejumbroso recubre a la Alegría Divina, al Amor eternamente vivo y creador. El Anthropos Celestial aguarda su realización. El ser humano sólo sabe vivir a través de su Cuerpo de Dolor, emergiendo sin cesar en un Sexto Día que ya nada le aporta, desconociendo que a escasos milímetros de su consciencia hechizada, resplandecen los umbrales del Sabbath.

Marco Giovannucci

Marco Giovannucci
CRONISTA OFICIAL DEL
CENTRO FELIX GRACIA