LA ODISEA DE LA CONSCIENCIA (CUARTO FIN DE SEMANA)


2001 

 L’acqua ch’io prendo già mai non si corse.

Las aguas por las que navego nunca antes fueron surcadas.

Paraiso. Canto II, verso VII. Dante.

 

Donde Félix refiere que no es el pasado el que empuja sino el Futuro el que nos llama, se imparte una erúdita master class sobre sonido y ondas cerebrales en la que se descubre la Función Seno como suavitatis pulsuum, y al final con mucha vehementia et potestate se afirma la evolución orgánica del Amor.

* * *

Máximo el Confesor señaló la philautía, el amor egoico- narcisista, como la fuente de la que brotan todas las creencias y conductas humana en el mundo. Desde este centro carenciado y voraz pivotan todas nuestras decisiones y esperanzas que buscan sin cesar el beneficio propio; es el mendigo apesadumbrado en la playa de oro, el ciego que se baña diariamente en océanos de luz. El que se lamenta porque la tempestad furiosa y la ola embravecida le arrojaron a éstas costas extrañas, pero no se percata de estos latidos silenciosos que tiran tranquilamente de su pecho hacia delante. Pues en verdad es este diminuto fuego interno el que nos llama una y otra vez desde el horizonte azulado del Futuro, un Futuro sin tiempo, inmediato, que nos imanta la sangre y los gestos hacia su zafiro inmarcesible; nuestras geometrías mentales y piruetas sentimentales jamás lo podrán atrapar.

La metanoia es una siembra constante de semillas doradas y novísimas que arrojamos en estos viejos surcos de plata ennegrecida por los que rodamos exhaustos desde hace milenios. “Plántate hitos, ponte jalones de ruta, presta atención a  la calzada, al camino que anduviste. Vuelve a Mí… ¿hasta cuando andarás errante?”  Jeremías 31, 21-22.

Esta inercia kármica océanica se deshace en espuma cuando muere mánsamente en las orillas de nuestra teshuvah cristiana.

Sólo hay que lograr engarzar esta llama crística que tan intimamente nos late en las venas del alma y del cuerpo y prenderla en las veredas del camino, en los campos y ciudades, quemar con ella la pena y la muerte, las alegrías y los llantos… A cada paso que damos este fuego amantísimo camina con nosotros y en cada mirada limpia que posamos, un cielo viviente desciende a la tierra como una bandada de aves prodigiosas… Y esta luz del alba que se yergue en nuestras vidas sin cansancio ni prisa , tan ignea y profunda como los primeros besos, no es sino una vibración, una pulsión, un tono puro cuya amplitud y longitud son las medidas del Amor, de esta Ruah sinusoide preñada de seres y de mundos que se crea órganos en los que resonar y así poder escucharse a sí misma. Un movimiento majestuoso, como un inmenso albatros que portase en sus alas de gloria a la Creación universal… Bóveda sonora plena de energía que todo lo barre y atraviesa como las ondas de un arroyo de paz y alegría. Un Ritmo eterno que palpita en cada fracción del tiempo y en cada espacio infinitesimal, que se desliza como una sonrisa hecha de viento que cosquillea en nuestros párpados y en nuestros vientres y corazones y nos moldea a su imagen y semejanza con sus manos hechas de música…

Es esta Vibración la que sopló una y mil veces, de dentro hacia afuera, en los  cerebros de aquellos primates homínidos del Pleistoceno cuyas circunvoluciones fueron progresando desde la mecánica neuronal reptiliana y límbica hasta eclosionar en la claridad triunfal del neocórtex. Pues el Hombre Celestial ya aguardaba complétamente realizado en los comienzos de esta ascensión del Amor bajo la piel del Australopithecus. Y no es que empuje sino más bien que nos invoca desde lo alto, con su llama anhelante…

Pero el Ritmo Verdadero fue sustituido por el Falso Intérprete, personaje ficticio con sensación de “unicidad” que ya sólo alcanza a arder de manera tibia cuando relata de manera coherente la realidad, y en su mito mental se extravía y transita errante por las regiones de la desemejanza. “A Mí me dejaron, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas que el agua no retienen”.  Jeremías 2, 13.

Esta sensación egoica es un constructo de la naturaleza surgido por la interacción de los modos operacionales de diferentes sistemas encefálicos  y posee la misma consistencia que el olor a humedad telúrica de las catacumbas.

 

El Sol Verdadero,

el Corazón,

el Ritmo Puro,

el Rayo que no cesa,

el Mundo Nuevo

un Abba de Misericordia y Ananda

nos aguarda e invoca tras el velo…

Hecho está.

Marco Giovannucci

Marco Giovannucci
CRONISTA OFICIAL DEL CENTRO FELIX GRACIA