Mi maestra

He de contaros que hace un año llegó una gran maestra a mi vida. Desde entonces, no ha dejado de enseñarme con infinita paciencia y dedicación. Vivió una infancia dura, triste y solitaria; quizá su necesidad de amar y ser amada, su deseo de agradar y de ser útil, no fueron plenamente comprendidos y, a cambio, recibió desprecio, mal trato y abuso. Su cerebro no entendía lo que sus limpios ojos, siempre alertas, siempre vigilantes, le mostraban. Se rindió a la evidencia, permitió que el miedo la acurrucara en su regazo y se instaló bajo una capa de sospecha y desconfianza continuas.
Cuando la conocí, escondía la mirada, volvía la cabeza para ahuyentar la posibilidad de acercamiento, si yo lo hacía, se apartaba temblorosa. Era insegura ante la gente, insegura ante la soledad, insegura ante la noche plagada de silenciosos ruidos. Pero desde el primer instante me sumergió en la magia de su corazón transparente, de su amor a borbotones comprimido en su pecho.
A falta de alternativa, me aceptó como acompañante, pero sólo en periodo de prueba. Si paseábamos, sólo la tranquilizaba que yo dirigiera el itinerario; ante la opción de andar sola, por sí misma, se bloqueaba paralizada por el pánico. Sólo al llegar a casa relajaba sus nervios y poco a poco, milímetro a milímetro, cedía al acercamiento, al contacto, a una suave caricia.
Al cabo del tiempo caí en la cuenta, reconocí el regalo que portaba, su alma era el espejo donde visionaba gran parte de mi vida sin sentirme juzgado. Al principio empecé a reconocer en ella parte de mis miedos, después fue desplegando todo el abanico completo en todas sus variables para que nada escapara a mi vista. Desde entonces me enseña a sentir mi propia desconfianza, a darme cuenta de mis dudas, a reconocer mi falta de aceptación. Me enseña a recibir el amor suavemente, a aceptar lo que la vida me ofrece como un regalo inesperado. Porque todo eso es lo que ella mansamente siente ante la vida.
Sé que nos une algo importante para ambos, ahora formamos parte de la misma cadena. Cuando yo transcienda mis miedos, los suyos se esfumarán en un leve suspiro. Lo sé y así será.
La conocí una noche de reyes; en las primeras horas de la noche del cinco de enero de 2013. Apareció en nuestro hogar cargada de regalos cual camello real; la acompañaban dos pajes que la pusieron a nuestro cuidado. Su nombre es Lena y, desde entonces, esta perra galga de elegancia desgarbada y grandes ojos tiernos forma parte de nuestras vidas.

Javier Amer

Javier Amer