DÍA DE RESURRECCIÓN

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En este adormecido devenir de la vida humana, los días no pasan de  ser “uno más” en la larga lista del tiempo que parece no conducir  a lugar alguno. Estamos atrapados por el velo de la ilusión que nos hace ver como reales lo que son simples apariencias, al igual que los personajes de la cueva de Platón; seducidos por las circunstancias y las impresiones de un “yo” que apenas alcanza el nivel de “mera sensación”, pero que tiene el poder de no dejar ver la realidad de lo que somos, como si no existiera… 

Ciegos a esa realidad, no llegamos a ver el sentido profundo de las palabras que aluden a ella por otro camino que el de la razón; y así,  las metáforas que nuestros antepasados cargaron de simbolismo, quedan reducidas a bellas imágenes o a historias ingenuas alusivas a alguien, pero no a uno mismo; así no vemos que el “tesoro escondido en el campo”, como referencia al más alto bien al que alude la parábola de Jesús, no es otra cosa que nosotros, cada uno de nosotros, cada ser humano. Aunque nadie aparente serlo. Aunque nadie lo sepa. 

El año pasado y los anteriores; desde que tenemos memoria y aun desde antes, celebramos la muerte y resurrección de Jesús en los días que transcurren. Y quizá una vez más lo hicimos como siempre, conmovidos por una profunda emoción que va desde el dolor a la  alegría, pero como si de un acontecimiento se tratara; como un hecho puntual, un hito sobrehumano  acontecido en la historia, que la cristiandad ha convertido en piedra angular de su fe. Pero no como  símbolo universal que no se ubica en el tiempo, sino en el alma humana. 

Jesús es inabarcable porque, sin negar su humanidad, trasciende todo lo fenoménico y temporal para convertirse en símbolo de lo que todo ser humano está llamado a ser, y en impulso vivo o poder que nos lleva a dicha realización. Jesús, lo que Jesús es, existe para ser sentido en nosotros y vivido como propio. Él es un “algo”, como una presencia transformadora que nos eleva a nuestra realidad profunda. En él, en ese nombre, en esa esencia arquetípica, confluyen todas las metáforas y todos los caminos. 

Llevamos años, siglos de conmemoraciones en torno al personaje histórico,  como manera de aproximarnos al símbolo eterno al cual da vida. Y en algún momento quizá sintamos cercano el encuentro. Ese día, cuando llegue,  haremos del Domingo de Ramos nuestra versión personal convirtiéndonos en la Nueva Jerusalem donde Jesús haga su entrada triunfal, agitaremos jubilosos nuestro ramo de olivo y celebraremos su estancia con el mejor de los ágapes, lo dejaremos hacer confiados… aguardaremos…y, tal vez,  el Domingo de Resurrección algo nuevo resucite en nosotros. 

Félix Gracia

Félix Gracia