“…Juan, todo está consumado…”

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Ayer, domingo de resurrección, acabé de releer el libro “Yo soy el camino”, de Félix Gracia, que como sabéis trata de la vida de Jesús y de su mensaje.

Lo leí por primera vez cuando se editó, allá por febrero de 2002, pero ésta vez ha sido diferente. Y lo ha sido porque yo ya no soy el mismo. He captado matices que hace doce años me pasaron desapercibidos. Y he llorado.

He llorado cuando Félix describe la situación de Jesús en la cruz, la conversación con su madre y sobre todo, cuando Juan, el discípulo amado, le acerca un paño húmedo para darle de beber y con todo el cariño del mundo, le abraza para elevarle y aliviar, en lo posible, el padecimiento del Maestro.

Y lloré, porque recordaba que yo también un día me sentí el discípulo amado, que yo también sostuve en mis brazos el cuerpo de Jesús, que yo también escuché el latido del corazón del nazareno, que este corazón se hizo uno con el mío hasta que dejó de latir y que antes de ello, el rostro de Jesús se acercó  al mío para exhalarme  el último suspiro.

Con éste gesto, Jesús plantó las semillas de la energía crística en el alma humana y  durante 2000 años han estado germinando.  Ahora es otro tiempo, y decenas, centenares, miles de almas estamos en el camino gracias a que él lo abrió.  Por fin se están recogiendo los frutos de lo sembrado en el alma…

Y lloré.

“…Juan, todo está consumado…”

Con estas palabras, el Maestro de la compasión entregó su alma a su querido Abba, convirtiéndose en el Hijo y en el Cristo; y con su gesto, el Alma se impregnó de la energía crística que no deja de florecer.

Pero más allá de explicaciones teóricas, mi alma quedó impactada, otra vez, con la escena, antes imaginada pero después vivida a través de Félix. Y me volví a emocionar. Cuántas vidas y desvelos tras estos sentimientos!

Pero, por fin,  estamos en el camino.

Jesús, Jesús. Jesús…

Tomás del Hierro

Tomás del Hierro