JUDÍOS Y PALESTINOS (carta a unos amigos)

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Hola familia:

Como sabéis, Abraham tuvo dos hijos: el primero fue engendrado por su unión con la esclava Agar, en el tiempo en que su esposa Sarai era incapaz de concebir hijos. Años después, Yahvéh le cambió el nombre por el de Sara y la convirtió en fértil, y de esa capacidad nació el hijo del matrimonio llamado Isaac.

La historia de Abraham, padre de la humanidad, nos muestra pues a éste como padre de dos hijos: Ismael e Isaac; el primero tenido con su esclava y el segundo con su esposa. Y esa misma historia narra que a instancias de Sara y con el beneplácito de Yahvéh, Abraham expulsa de su casa a Agar y a su hijo Ismael, permaneciendo con ellos Isaac. Y aquella promesa que Yahvéh hiciera a Abraham anunciándole que su descendencia sería más numerosa que las estrellas del cielo, y que por eso sería llamado “padre de la humanidad”, se cumplió a través de ambos hijos y no de uno sólo. Los descendientes de Isaac a lo largo de los siglos constituyen el pueblo judío, de entonces y de hoy; mientras que los descendientes de Ismael, llamados ismaelitas o agarenos, conforman el mundo árabe de siempre, y de hoy.

Utilizando la metáfora del árbol, identificamos a Abraham como el tronco del que nacen dos ramas; ambas han crecido y dado sus frutos, pero no se reconocen como pertenecientes al mismo árbol, tal vez porque Abraham, el tronco, no las siente suyas por igual.

El conflicto entre judíos y palestinos no es político, aunque todo el mundo opine así, sino del alma. La desavenencia entre ambos pueblos no es de hoy ni nace en aquellas tierras, sino en nuestros corazones, donde habita: ellos, con su locura, sólo son portadores de una noticia que a todos nos afecta. Y esa noticia es que en nosotros no ha nacido el nuevo Abraham que se sabe inocente, el padre bueno que ama a todo por igual, porque todo es hijo suyo.

Abraham no es un personaje histórico, sino un impulso vivo en el alma, un arquetipo presente en nuestra naturaleza humana. Que cada uno mire en su corazón hasta reconocerlo en sí mismo, y poder así descubrir a su “Ismael”, a lo rechazado, lo no reconocido, lo no aceptado, lo no amado… y quizá también para que cese su espera, para abrirle las puertas de nuestra casa y acogerlo, y cuidarlo… y amarlo por fin.

Porque no basta con lamentar las tragedias ni con recomponer los escenarios del drama. Hay que actuar allí donde se originan, que es el alma de cada uno y de todos. Si esto no lo hacemos, las tragedias seguirán.

Abrazos para todos.

Félix Gracia

Félix Gracia