SER “Galileo”

arios

Ser “galileo” es algo innato, más que genético. Naces con ello y no te abandona jamás, aunque a veces se muestre ausente.

Hubo un tiempo en que los seres humanos veían con los ojos del corazón, alcanzando con su mirada una profundidad tal que no se puede medir, porque sucede en el intangible territorio del alma. Eran pioneros, sembradores; no se adentraron en tan vasto territorio con el objetivo de descubir, sino para plantar la semilla de un sentimiento y de una ética a él asociada; de una manera de ser y de vivir. Se llamaron a sí mismos arios, que significa noble, recto, digno. Y han transcurrido siete mil años desde entonces.

Sí, hubo un tiempo en que los seres humanos eran arios, no porque hubieran nacido en un determinado lugar, sino porque eran y se comportaban de una determinada manera. Las religiones no habían nacido aun, pero ellos ya practicaban una basada en el sentimiento compasivo hacia todo lo viviente, y en una decidida actitud benevolente frente a la vida; sentir en y con el otro, desde el ejercicio y la búsqueda de la bondad en todo pensamiento, palabra y acción, en definitiva. Eso significaba ser ario.

Han transcurrido varios milenios y aquellos pioneros humanos desaparecieron, pero no así el “ser ario”, que prevalecerá eternamente porque es una potencialidad del alma. En cada época, en cada instante y en cada niño que nazca, estará sembrada aquella semilla, conteniendo en su seno el vigor intacto de una manera de ser y de vivir inspirada desde lo más hermoso y edificante de nuestro corazón. No importa que nadie lo recuerde, no importa que hayamos construido un mundo tan diferente de aquel sueño, no importa cuánto nos hayamos alejado de aquella ética; lo que importa es que la semilla sigue viva y con todo su potencial, y que reside en cada persona.

El tiempo ha borrado los nombres, y ya nadie se autodenomina ario. Pero aquellos que han descubierto a Jesús en sus vidas, los que le conocen, los que han oído su voz y le siguen, los galileos de entonces y de siempre…, representan a aquel ideal resucitado.

Viven entre nosotros y son la esperanza del mundo.

Félix Gracia

Félix Gracia