EL NACIMIENTO DE JESÚS  (y el nuestro)

nacimiento

El señalamiento de la natividad de Jesús fue un hecho relativamente tardío, pues tuvo lugar bien avanzado el siglo IV, y su determinación no se debió tanto al desconocimiento de una fecha, como sí a una implícita intención de la iglesia primitiva señalándola. Existe un Jesús histórico cuya natalidad era probablemente desconocida pero no imposible de determinar –al menos de manera muy aproximada- si realmente hubiese existido interés en destacar ese aspecto de Jesús que lo vincula a su “humanidad”. Sin embargo, en la actitud mostrada por cristianos relevantes sensibles al “efecto Jesús”, como los llamados santos padres en los siglos III y IV, se descubre la intención de manifestar su dimensión simbólica, mítica, por encima de la humana. De este modo, el Jesús histórico, que pertenece a la existencia temporal, deviene en mito, en realidad eterna; porque al no ser sólo de este mundo, servirá a todos los mundos posibles más allá del tiempo.

El Jesús resultante es el símbolo del espíritu eterno que viene a la vida manifestada y se hace Hombre sin dejar de ser Dios.

Tal reconocimiento requería el gesto explícito de afirmar su nacimiento en la fecha en que las antiguas tradiciones reconocían el advenimiento de sus respectivas divinidades: el solsticio invernal, cuando el Sol, considerado fuente de la vida en la tierra y referente de Dios, renace desde la oscuridad de la noche más larga del año. Así nació la Navidad, símbolo antes que efemérides. Y lo hizo de una manera gradual, como una gestación lenta y silenciosa, sin estrépito; como si el universo entero, conocedor de su destino, protegiera al niño que se está formando… Primero hablaría de ello Clemente de Alejandría, desvelando un sentimiento aflorado entre los teólogos cristianos de Egipto a finales del siglo II. Años después, comenzaría a popularizarse la fecha del 25 de diciembre como la del nacimiento de Jesús, de tal manera que, cuando se convocó el Concilio de Nicea en el año 325, la Iglesia de Alejandría ya había fijado en esa fecha la Natividad. Posteriormente, en el año 350, el entonces Papa Julio I pidió su reconocimiento oficial, que sería decretado cuatro años después por el Papa Liberio. Con este gesto, al que se añadirían otros posteriores que afianzaron su universalidad, se afirmaba la jerarquía simbólica de Jesús.

El hecho de que el Cristianismo y las sucesivas generaciones habidas hasta nuestros días mantengan la consideración de Jesús en tanto que entidad objetiva antes que simbólica, no hace sino poner de manifiesto que en los dos milenios transcurridos no hemos sabido o podido vivir la realidad psíquica que Jesús representa. En palabras de C.G. Jung, hemos convertido a Jesús en una necesidad religiosa en tanto que no hemos asumido nuestra realidad psicológica por él representada; reafirmamos la realidad espiritual del “Niño-Dios” en Jesús, en sustitución de la nuestra; seguimos admirando su figura, sus hechos, sus palabras, su mensaje, su santidad; seguimos representando en nuestra vida los acontecimientos esenciales de la suya: cada Domingo de Ramos rememoramos su entrada en Jerusalem, cada Viernes Santo su muerte y tres días después su Resurrección; en cada liturgia repetimos sus palabras, en cada altar hemos colocado su imagen, y en cada solsticio de invierno –que llamamos Navidad- celebramos su nacimiento. Así un año tras otro, sin que nada cambie…

Sí, hemos hecho numerosos huecos en nuestras vidas donde colocar a Jesús, pero quizá aún no lo hemos ubicado en el alma, aún no lo hemos reconocido. Más allá de su objetividad histórica, Jesús es símbolo de nuestra realidad espiritual; lo que vemos en él o lo que nos hace sentir, vive igualmente en nosotros. Y toda su experiencia es una representación del “Niño-Dios” -de nuestra naturaleza potencial- llamado a ser reconocido, experimentado, vivido. Jesús simboliza la totalidad de la vida humana y es el ejemplo humano de lo que “cada ser humano es”; y como tal símbolo, tiene la potestad de provocar la apertura de nuestra conciencia en orden al reconocimiento de uno mismo. Y en este proceso, el Jesús externo o personal, deviene progresivamente en “presencia” interna, en sentimiento de ser uno mismo aquello que ve fuera.

La Navidad no trae consigo tan noble experiencia, pero nos lo recuerda. A partir del recuerdo, unidas una clara conciencia y una decidida voluntad,  cada día de nuestra vida puede convertirse en nuestra personal navidad.

Félix Gracia

 Félix Gracia