LA NOCHE DEL MIÉRCOLES

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“Jesús abandonó Betania trasladándose a Jerusalem, donde deambuló solitario por sus calles antes de retirarse al silencio de los olivos, en Getsemaní. Allí permaneció dos días, martes y miércoles, ajeno al mundo y abierto a su interior; dos crepúsculos más, y últimos, presenciados sobre el horizonte de Jerusalem; dos días sintiendo la vida, sintiéndose, buscando ese rincón del alma donde reside el sereno convencimiento, que es el equipaje para el viaje final; dos días de consciente cuenta atrás y de aproximación al destino…

(…)

La inmensa magnitud de la experiencia se desveló ante la serena mirada de Jesús en las últimas horas de la tarde del miércoles, cuando las primeras estrellas de la noche comenzaban a brillar sobre el fondo oscuro del cielo ¿Cómo expresar la sensación del alma en ese instante sin tiempo de la revelación? Jesús sintió que el universo entero se concentraba en su cuerpo y que los incontables impulsos de vida se movían con cada latido de su corazón; que todo descansaba en él, y que la gran reconciliación universal, el esperado regreso del hijo pródigo y el encuentro de todos los mundos estaban ligados a él, a su iniciativa y a su muerte. Y que ésta, la muerte, era la clave de la acción completa de Dios.

Las horas de soledad y de confiada espera llegaron a su final, y del fondo de su alma brotó el sereno convencimiento que reconoce el camino y lo sigue sin que ninguna tormenta lo intimide, ningún obstáculo lo detenga, ningún viento lo derribe.

Jesús, en un estado de iluminación como ningún otro ser humano ha alcanzado jamás, asumió la conclusión de su destino. Y lo hizo allí, en la soledad del monte de los olivos amado por él, y bajo la bóveda celeste que tantas veces le cobijó; pero el universo entero se conmovió con su gesto, y hasta en el rincón más oscuro y doliente de los infiernos penetró su luz.

La historia de los hombres escribiría después una triste página sobre este suceso afirmando que Jesús sudó sangre aquella noche memorable, justificando de ese modo la gravedad y lo duro de su decisión. Mas nada de ello sucedió en verdad; aquella noche en Getsemaní no hubo dolor, ni duda, ni desgarro. ¿Cómo sentir dolor, ni miedo, ni pérdida de la vida, cuando se tiene conciencia de ser la Vida misma, eternamente manifestada? No, Jesús no temió, ni dudó, ni sufrió aquella noche única en la Historia de Dios, cuando aceptó darse por todo cuanto vive y experimenta desde la separación, para que sintiera que nada de ello está perdido, ni abandonado, sino que tiene un Padre, y que su Padre lo ama. No, no hubo ninguna tragedia en la noche de Getsemaní, sino Amor. Los olivos fueron testigos. Y el alma lo recuerda.

Poco después de culminar este proceso y siendo ya irrevocable su destino, Jesús abandonó Getsemaní y se desplazó hasta la casa de Nicodemo, donde habría de reunirse con sus amigos horas más tarde…” 

Félix Gracia (Fragmento del libro “Yo soy el camino”)

Félix Gracia

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