TODO SIGUE VIVO

 

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“La muerte de Jesús es un acontecimiento sin precedente e imposible de catalogar. Decir de él que tuvo una repercusión universal o que su impronta afectó a la estructura atómica de toda la Creación es, pese a la magnitud de la afirmación, reducir la dimensión del acto. No existen ejemplos ni expresiones humanas, por extremas que estas sean, que puedan definir lo que es metahumano; lo que aun resolviéndose entre los hombres constituye, no obstante, una acción de Dios y, como tal, mayor que toda medida. 

Le ponemos palabras y tratamos de explicarlo, porque aspiramos a entenderlo, impulsados por algo que nos hace sentir que la comprensión de las cosas las hace un poco nuestras. Pero somos conscientes de que apenas rozamos lo que realmente son. 

Aquel día, el Gólgota se erigió en un verdadero altar; en el punto de encuentro del Cielo y la Tierra que anuncia la gloria a los hombres. Pero también el cumplimiento definitivo de dicha esperanza, primero en Jesús y, tras de su partida, también en Juan, que le sucede y se queda como prueba de que “el efecto Jesús” sigue vivo entre los hombres y a su alcance. En ese instante en que el discípulo recibe el latido del Nazareno, que equivale a penetrar en la frecuencia vital de Jesús,  desaparece el “Juan humano” hijo de Zebedeo y de Salomé, y nace el “símbolo”.  A partir de ese momento, el término “discípulo amado” ya no describe únicamente al apóstol Juan, sino a todo ser humano que penetra en “la realidad Jesús”.

Juan se torna así en arquetipo que representa la continuidad de Jesús y la posibilidad de hacer real e inmediata la comunión con él. 

El apóstol, tras el impacto de la experiencia, cayó en un estado de silencio que le acompañaría el resto de su vida. Juan no pronunciaría jamás un solo discurso y apenas hablaría del Nazareno ante los demás  después de aquel suceso, pero su simple presencia en la comunidad bastó para mantener viva la llama de su recuerdo y el estímulo para buscarlo. El suceso de Juan trascendió entre los seguidores de Jesús como prueba del cumplimiento de su promesa y del beneficio o conveniencia de su muerte, despertando en ellos el deseo de vivir su misma experiencia de comunión con él, que equivale a una “ascensión” real al “nivel Jesús” inherente a cada persona. 

Afirmados en esa certeza y convencidos de la veracidad de las palabras de Jesús, dieron cabida en sus vidas a una actitud de búsqueda que con el tiempo se convertiría en una suerte de disciplina practicada a diario y en un movimiento místico que más tarde se llamó Hesycasmo; palabra griega que define una disposición de íntimo recogimiento en el silencio, de concentración interior y de confiada espera, mientras se mantiene la atención puesta en el corazón…, esperándolo a él. 

Tiempo después, pero con idéntico propósito, nacería en Occidente una corriente devocional inspirada en el Hesycasmo, llamada del “Sagrado Corazón de Jesús”, que mediante el culto y la formulación de plegarias, pretendía igualmente provocar el encuentro acercando al devoto el “latido” del Gólgota… 

Dichas  tradiciones  incorporaron la llamada “oración del corazón”, consistente en invocar el nombre de Jesús con la atención puesta en el corazón, acompasando la pronunciación al ritmo de este, y ambas perduran en nuestros días.  Hesycastas y devotos del Corazón de Jesús, representan al colectivo humano que aspira a ser  “discípulo amado” (o que ya lo es) y constituyen la prueba de la vigencia del Gólgota y del “efecto Jesús”, de su latir continuo, de su permanente llamada. 

El “discípulo amado”, que lo es o que lo quiere ser; el “Juan” que llevamos dentro, sigue vivo y buscando. Ignoramos cuantos hay; si son muchos o pocos. Pero ellos representan la llama encendida de una esperanza nacida entonces y amorosamente preservada. No están organizados, no tienen jerarquías, no se inscriben en ningún registro, no dirigen ni controlan la sociedad, no tienen himno, ni bandera, ni prebendas, ni poder… Pero constituyen un “campo de conciencia”, una iglesia o colectivo de afines que comparten un mismo sentimiento. Y, frente a la denominada “Iglesia de Pedro”, establecida sobre el principio de “propiedad de los dones de Jesús emanados de su muerte” y el derecho exclusivo a administrarlos conforme al exclusivo criterio de dicha institución, se desvela la existencia de otra realidad   paralela o simultánea a ella, que con toda propiedad puede denominarse “Iglesia de Juan”, la cual proclama la potestad que cada individuo tiene de realizar a Dios en su vida, promoviendo su ascensión hasta el nivel o “versión” de sí mismo llamada Jesús. 

La “Iglesia de Juan” es “un campo de conciencia” que merece esa denominación desde el acontecimiento del Gólgota, pero no define un movimiento local, ni sectario, ni temporal. La “Iglesia de Juan” es un arquetipo eterno al que Jesús dio vida e impulso; que existe más allá de doctrinas, culturas o razas (a ninguna de las cuales pertenece) que representa el impulso humano nacido del despertar a la presencia real de Dios en el corazón de los hombres, y promueve la reconciliación universal. En ella, todos sus miembros “se llaman Jesús”, además de su nombre. Y aquél que se señaló  a sí mismo como “camino”, no está ubicado en los altares, sino presente en sus corazones donde late silencioso…” 

Félix Gracia (del libro “Yo soy el camino”)

Félix Gracia

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