HOY, SOLSTICIO DE VERANO

 

Aquel Sol debilitado que durmiera en el seno de las tinieblas nocturnas en los meses de invierno,  de cuya observación nació la metáfora de los Dioses Solares y la creencia en el nacimiento del “Niño Dios” asociado a él,   asoma hoy su rostro invencible desde la más alta cumbre celeste. Aquella Luz dominada por las sombras de la noche más larga del año  -en el solsticio  invernal- ha sobrevivido al igual que nuestra esperanza; ha logrado una vez más superar el poder de lo oscuro y llenar de Luz todo lo creado. El Niño Dios ha superado todos los peligros y reina triunfante en lo alto del cielo, confirmando la intuición de nuestros antepasados; el orden  vuelve a prevalecer sobre el caos. Y todo cuanto fuera semilla en aquel solsticio invernal, ha germinado y crecido   y se encuentra, ahora, convertido en sazonado fruto.

Esta es la consecuencia; esta es la Ley. El efecto inmediato del  “reinado” de aquél Niño Dios de la metáfora en la vida humana, es el fruto. Y esta es también la moraleja: si siembras, habrá resultado. Sea cual sea la semilla sembrada. Esta es la Ley que el propio Jesús, encarnación del Niño Dios”, anuncia cuando compara el Reino de los Cielos a un sembrador que planta sus semillas en un campo y nunca más vuelve al campo…, pero las semillas crecen y se convierten en espigas, sin que el sembrador sepa cómo.

El Solsticio de verano recién llegado es un acontecimiento astronómico, pero es también un símbolo que anuncia el “reinado del Niño Dios”, y toda la Naturaleza se convierte en fruto generoso, conforme a la Ley. Los campos, otrora yermos, son hoy una alfombra de espigas; los árboles desnudos de invierno, visten sus ramas de alimentos; y todo cuanto nos rodea expresa a los cuatro vientos la trasformación; la alquimia misteriosa que ha generado los frutos, como en la parábola del sembrador,  mientras nosotros, que creemos ser tan solo inquilinos  de esta Tierra, pero no parte de ella, observamos el momento como si de un espectáculo se tratara. Y pensamos que esos frutos nos pertenecen porque somos superiores, sin caer tal vez  en la cuenta de que en el juego de la Vida también hay que dar y no sólo recoger. Porque todos los equilibrios se basan en la cooperación y no en la explotación.

Ha triunfado el Sol sobre las tinieblas de la noche en este repetido momento del solsticio de verano y, una vez más, ha llegado la hora de dar fruto; la hora de participar en la ofrenda generosa de la Vida, a la que tanto pedimos. Y ante tan especial acontecimiento y quizá por vez primera, nos sentimos convocados, llamados a participar despiertos, conscientes…

Ojala hayamos sembrado a tiempo; ojala hayamos tenido un sentimiento noble -uno solo, quizá- dormido en la oscuridad de nuestro corazón desde aquellas frías noches de invierno, pues si así hemos obrado, podremos sumarnos a la ofrenda de la Vida portando el fruto generoso de aquella siembra, tan necesario como el agua o el aire.

Félix Gracia

Félix Gracia